
Esa flor tan pequeña que muere sin lamentos,
la desprendida hoja que se entrega a la brisa
sin adioses ni llantos, como si el irse fuera
el notable camino que persigue la vida,
el ave que gorjea y hace canto a la rama,
las cosas que suceden y el diminuto tiempo
en que la tarde muere de atardecer impuesto,
el perro en esa última mirada inquebrantable
de lealtad perpetua, la sonrisa brotada
que apenas un instante perdura entre los labios,
una estrella fugaz que se extingue en la noche
así como el amor de madrugada,
la sombra del pasado diluido entre pasillos,
laberinto de espejos trizados por la vida,
allí donde el comienzo es una oscura fauce
y el final una puerta guardada por centauros.
Esa frágil escena donde el hombre deambula
musitando, tal vez, una blasfemia, un rezo
cuando dice que ama, llora, canta sufre, goza
mientras se muere un niño
de abandono y la lluvia
cae como si fuera la misma que ha caído,
y tal vez lo parece, pero es otro bautismo
y otro será el niño que muera de abandono.
Nosotros, los viajeros, que hemos andado el mundo
bajo soles distintos y dioses desvariados
sabemos que el vacío todo se traga, todo,
hasta el intento vano de dejar la memoria.

















































